
Hay modas extrañas que se ven venir y que, lejos de ser pasajeras, acaban enquistándose en nuestra lengua y tomando carta de naturaleza.
He aquí lo que se cuece últimamente.
La omnipresencia del inglés en nuestra vida diaria parece
no tener límites. A la menor de cambio, aparecen anuncios televisivos con
textos en inglés, rótulos de tiendas con el genitivo sajón («Paco´s
bar»), envases de productos de todo tipo con eslóganes en inglés... La
publicidad y la mercadotecnia se las pintan solas para llamar la atención,
aunque sea a costa de nuestro idioma. Y el ciudadano despistado acaba creyendo
que repetir tanto anglicismo le da un toque de modernidad y cosmopolitismo.
Pero hay también otra forma de enredar con el inglés que
muestra un cierto tono de guasa, a modo de reacción burlona a tanto anglicismo
puro y duro: añadir a palabras de uso normal la terminación inglesa -ing.
Cualquier palabra, tenga la terminación que tenga en español, es susceptible de
convertirse en algo más divertido si se hace terminar en -ing; solo hay que
utilizarlas con verbos del tipo 'hacer', 'practicar' o 'ir de...'.
Una de las más recientes es huerting. A una conocida
marca española de refrescos le dio por promocionar el cultivo ecológico de
hortalizas en balcones y terrazas de las ciudades. Loable empeño si no fuera
por el nombre que le pusieron: «Practica huerting».
De un programa de televisión de dudoso gusto, «Gran
Hermano», nos ha llegado el edredoning. Los participantes en este concurso, que
viven durante semanas encerrados en una casa repleta de cámaras y micrófonos
ocultos --y no tan ocultos--,
desfogan a veces sus necesidades amatorias cubriéndose con el edredón de la
cama. Las cámaras captan los sinuosos movimientos del cobertor y los micrófonos
apuntan algunos gemidos ahogados: es el edredoning, quizá las escenas que más
adictos proporcionan al programa.
Más conocido en el ámbito juvenil es el petting, aunque
este sí es anglicismo auténtico: practicar el sexo sin penetración. «La
estimulación con caricias, besos, abrazos y masturbaciones mutuas que nos lleva
al conocimiento propio y al de nuestra pareja», según se explica en la web del
Institut Català de la Salut. Es lo que en español vulgar y coloquial (de
España) siempre se llamó 'magrearse', 'meter mano' o, en castiza locución verbal, 'darse el lote'. Lo que ocurre
es que si lo llamamos petting parece más fino y hasta se puede hablar de ello
en sitios serios. Dentro del ámbito del la lascivia, parece estar a la orden
del día el sexting, o envío de mensajes o fotos de contenido erótico por teléfono
móvil.
Pero volvamos al anglicismo 'made in Spain'. Mucho peor,
por las graves consecuencias que acarrea, es el balconing. Un determinado tipo
de turistas jóvenes, por lo general de procedencia británica, toman ciertas
zonas de las Islas Baleares y de la costa mediterránea española como lugar
ideal para vaciar el poco sentido común que les queda. Su programa de
vacaciones: sol, playa, borrachera, bronca y..., si todavía les quedan ganas de
emociones más fuertes, balconing. Es muy sencillo. Se trata de saltar desde el
balcón a la piscina del hotel o de andar de balcón en balcón hasta dar con la
habitación de los amigos. Ni qué decir tiene, la borrachera facilita el
accidente; muchas veces, mortal.
En cuestiones de adrenalina hay también algunos deportes
que acaban en -ing, como el puenting: arrojarse al vacío desde un puente con los pies
atados a una cuerda resistente, sujeta a su vez a algún anclaje seguro. Si los
intrépidos saltadores sustituyen la cuerda anterior por otra elástica, tipo goma, veremos
entonces que están practicando goming. Pero el puenting no tiene por que ser
siempre una actividad de riesgo. Quienes aprovechan un puente (uno o más días
laborables entre festivos para ampliar la holganza) también hacen puenting.
Muy al contrario de los desgastes de adrenalina está lo que
podría considerarse un deporte innovador y, salvo advertencia del cardiólogo,
muy relajante y placentero: el tumbing, que no es otra cosa que tumbarse,
estirar las piernas y no hacer nada hasta que el cuerpo aguante o la mente quede
definitivamente en blanco. Algunos fotógrafos amantes de la naturaleza llaman
también tumbing a tirarse boca abajo en el campo, cubrirse con una tela
mimetizada y esperar a que los animalitos se acerquen para conseguir
interesantes primeros planos.
Otra variante de este deporte de riesgo --aunque en esta
ocasión no termine en -ing-- es el sillón ball, cómoda tarea que consiste en
pasar largas horas sentados o recostados en el sofá viendo televisión a grifo
abierto mientras se picotean chucherías variadas. Si no se ve televisión le
llaman siesting, aunque este último palabro sea una burla estrambótica de la
dignísima y saludable siesta.
Algo menos peligroso es el zamping, derivación obvia del
coloquialismo 'zampar'; es decir, comer y beber apresuradamente o con exceso. Y
lo mismo podría decirse del cervecing o del drinquing, este último con un
abanico de especialidades más amplio e indiscriminado; o el compring, que en
ambientes juveniles viene a sustituir a otro anglicismo absolutamente
innecesario: el shopping.
Como se ve, esta manía puede ser interminable. A cualquiera le pueden proponer ir de playing, hacer soling y acabar el día de juerguing. Y todos tan contentos.
Antonio Machín García, periodista.