La Última Monserga

Hay modas extrañas que se ven venir y que, lejos de ser pasajeras, acaban enquistándose en nuestra lengua y tomando carta de naturaleza.

He aquí lo que se cuece últimamente.

Anglicismos «made in Spain»: «playing», «soling»... Por Antonio Machín García, periodista. (España, Julio del 2011)

La omnipresencia del inglés en nuestra vida diaria parece no tener límites. A la menor de cambio, aparecen anuncios televisivos con textos en inglés, rótulos de tiendas con el genitivo sajón («Paco´s bar»), envases de productos de todo tipo con eslóganes en inglés... La publicidad y la mercadotecnia se las pintan solas para llamar la atención, aunque sea a costa de nuestro idioma. Y el ciudadano despistado acaba creyendo que repetir tanto anglicismo le da un toque de modernidad y cosmopolitismo.

Pero hay también otra forma de enredar con el inglés que muestra un cierto tono de guasa, a modo de reacción burlona a tanto anglicismo puro y duro: añadir a palabras de uso normal la terminación inglesa -ing. Cualquier palabra, tenga la terminación que tenga en español, es susceptible de convertirse en algo más divertido si se hace terminar en -ing; solo hay que utilizarlas con verbos del tipo 'hacer', 'practicar' o 'ir de...'.

Una de las más recientes es huerting. A una conocida marca española de refrescos le dio por promocionar el cultivo ecológico de hortalizas en balcones y terrazas de las ciudades. Loable empeño si no fuera por el nombre que le pusieron: «Practica huerting».

De un programa de televisión de dudoso gusto, «Gran Hermano», nos ha llegado el edredoning. Los participantes en este concurso, que viven durante semanas encerrados en una casa repleta de cámaras y micrófonos ocultos --y no tan ocultos--, desfogan a veces sus necesidades amatorias cubriéndose con el edredón de la cama. Las cámaras captan los sinuosos movimientos del cobertor y los micrófonos apuntan algunos gemidos ahogados: es el edredoning, quizá las escenas que más adictos proporcionan al programa.

Más conocido en el ámbito juvenil es el petting, aunque este sí es anglicismo auténtico: practicar el sexo sin penetración. «La estimulación con caricias, besos, abrazos y masturbaciones mutuas que nos lleva al conocimiento propio y al de nuestra pareja», según se explica en la web del Institut Català de la Salut. Es lo que en español vulgar y coloquial (de España) siempre se llamó 'magrearse', 'meter mano' o, en castiza locución verbal, 'darse el lote'. Lo que ocurre es que si lo llamamos petting parece más fino y hasta se puede hablar de ello en sitios serios. Dentro del ámbito del la lascivia, parece estar a la orden del día el sexting, o envío de mensajes o fotos de contenido erótico por teléfono móvil.

Pero volvamos al anglicismo 'made in Spain'. Mucho peor, por las graves consecuencias que acarrea, es el balconing. Un determinado tipo de turistas jóvenes, por lo general de procedencia británica, toman ciertas zonas de las Islas Baleares y de la costa mediterránea española como lugar ideal para vaciar el poco sentido común que les queda. Su programa de vacaciones: sol, playa, borrachera, bronca y..., si todavía les quedan ganas de emociones más fuertes, balconing. Es muy sencillo. Se trata de saltar desde el balcón a la piscina del hotel o de andar de balcón en balcón hasta dar con la habitación de los amigos. Ni qué decir tiene, la borrachera facilita el accidente; muchas veces, mortal.

En cuestiones de adrenalina hay también algunos deportes que acaban en -ing, como el puenting: arrojarse al vacío desde un puente con los pies atados a una cuerda resistente, sujeta a su vez a algún anclaje seguro. Si los intrépidos saltadores sustituyen la cuerda anterior por otra elástica, tipo goma, veremos entonces que están practicando goming. Pero el puenting no tiene por que ser siempre una actividad de riesgo. Quienes aprovechan un puente (uno o más días laborables entre festivos para ampliar la holganza) también hacen puenting.

Muy al contrario de los desgastes de adrenalina está lo que podría considerarse un deporte innovador y, salvo advertencia del cardiólogo, muy relajante y placentero: el tumbing, que no es otra cosa que tumbarse, estirar las piernas y no hacer nada hasta que el cuerpo aguante o la mente quede definitivamente en blanco. Algunos fotógrafos amantes de la naturaleza llaman también tumbing a tirarse boca abajo en el campo, cubrirse con una tela mimetizada y esperar a que los animalitos se acerquen para conseguir interesantes primeros planos.

Otra variante de este deporte de riesgo --aunque en esta ocasión no termine en -ing-- es el sillón ball, cómoda tarea que consiste en pasar largas horas sentados o recostados en el sofá viendo televisión a grifo abierto mientras se picotean chucherías variadas. Si no se ve televisión le llaman siesting, aunque este último palabro sea una burla estrambótica de la dignísima y saludable siesta.

Algo menos peligroso es el zamping, derivación obvia del coloquialismo 'zampar'; es decir, comer y beber apresuradamente o con exceso. Y lo mismo podría decirse del cervecing o del drinquing, este último con un abanico de especialidades más amplio e indiscriminado; o el compring, que en ambientes juveniles viene a sustituir a otro anglicismo absolutamente innecesario: el shopping.

Como se ve, esta manía puede ser interminable. A cualquiera le pueden proponer ir de playing, hacer soling y acabar el día de juerguing. Y todos tan contentos.

 

Antonio Machín García, periodista.