El Español de las Dos Orillas

Ocurre en ocasiones que los diversos usos del español en los distintos países de habla hispana producen no pocas dudas entre quienes pretenden hacer buen uso de nuestro idioma. Hay giros que pueden inducir a confusión; palabras cuyo significado cambia radicalmente de sentido de un país a otro; modismos que para otros hispanohablantes constituyen un bello descubrimiento… Hay, en fin, mucho que disfrutar y aprender de una lengua que, como la nuestra, es muy rica en matices y singularidades.

Humor en el lenguaje. Por María Teresa Rivera de Stahlie (España. Agosto del 2010)

El idioma de Cervantes es el prodigioso lazo de comunicación entre millones de seres en este singular planeta. En su confluencia conseguimos encontrarnos los hispanohablantes y es el vínculo más fuerte con España, la "madre patria".

Uno solo es el idioma, pero a veces uno se pierde en el laberinto del lenguaje regional y los modismos y barbarismos adoptados o inventados en cada país.

En la Argentina, por ejemplo, se ha eliminado del lenguaje hablado (y seguramente también del escrito) la palabra "coger" por el doble retinte que se le ha dado. Si no se usa "coger", menos se usará "recoger" y al esquivar la palabra surgen expresiones y situaciones ridículas.

Estaba mi esposo de paso por Buenos Aires cuando un amigo le pidió que le acompañara a "levantar" a su mujer para ir juntos a una recepción. Como la señora era un tanto corpulenta, mi esposo se excusó y sugirió que se encontraran en la fiesta.

Imagino el impacto en los oídos de un porteño (habitante de Buenos Aires) que llega por primera vez a España y escucha el verbo coger en forma reiterativa, porque aquí, este verbo ha venido a reemplazar a muchos otros del rico léxico español.

En Chile, se habla de "chiches" con toda naturalidad, porque son unas alhajas pequeñas. En Colombia, un "chiche" es un niño pequeño, y en la Argentina es el juguete de un niño, pero cuidado, en otros países de América, "chiche" es el pecho de la nodriza!.

La "chicha" es una deliciosa bebida de maíz o de cacahuete que se toma en el Perú y en Bolivia. En Venezuela se la hace de maíz o arroz, pero nadie que se tenga por persona educada debe pedirla en Puerto Rico.

Aunque en las Canarias se llame "guagua" al autobús, lo mismo que en Cuba, en la región Andina se podrá solo tomar una guagua en los brazos porque es un bebé.

El Colombia un niño mono es un niño rubio, aunque no sea tan mono —según la acepción de la palabra en España—. En México, será un niño "güero"; en Guatemala, será un "patojo canche" y en El Salvador, un "sipote".

La acepción de los apodos es igualmente variada. A alguien que se llame Jesús, en Venezuela, le llamarán cariñosamente, "chucha", lo que en el Perú sería una grosería.

Las Palomas tendrían que cambiarse de nombre antes de viajar a Venezuela porque allá causarían revuelo, y la que lleve el sobrenombre de Cuca debe olvidarse de visitar Venezuela y la República Dominicana.

Si alguien está "pelando bolas" en Venezuela es que está sin trabajo o sin dinero, o a lo mejor, sin un amor, pero si una Dominicana pide que le den una bola, solo quiere que la acerquen en el coche, lo que en Venezuela sería "pedir cola" o en Bolivia, "hacer dedo". En Bolivia "dar bola" a alguien es, prestarle atención.

En Costa Rica tener pena es tener vergüenza y tener rabia es ¡tener pena!

Los anecdotarios de viajeros que visitan las Américas serían tan voluminosos como los de americanos que visitan España.

Al dueño de una farmacia en Madrid se le presentó un chiquillo que pidió "una curita para un corte que tenía en el dedo". "Curitas solo hay en la parroquia" —respondió el farmacéutico— lo que tú necesitas es una tirita.

Un elegante limeño entró en un café céntrico de Madrid y disponiéndose a saborear una taza de esta aromática bebida, se instaló en el rincón más acogedor y mientras abría su periódico pidió al camarero que le trajera un "café tinto" (tradúzcase en "café solo"). ¿Cómo? —refunfuñó el camarero—, ¡sepa usted, señor, que en España solo los vinos son tintos!

A la hora de la merienda, un mexicano en Madrid pensará con melancolía en una torta (bocadillo), pero aprenderá pronto a no pedirla en un café en España so riesgo de sufrir las consecuencias.

Con una naturaleza romántica y soñadora, los americanos nos aferramos a arcaísmos que nos hacen hablar de "plata", refiriéndonos al dinero, cuando hace mucho tiempo que las monedas dejaron de hacerse de este precioso metal. Hablamos de "veladores" cuando queremos una mesilla de noche; de "carro" cuando queremos un coche; decimos fierro al hierro; chapa a la cerradura; pararse en vez de ponerse en pié, y a veces nos sentimos más a gusto con el español de los Álvarez Quintero que con el actual.

Los nuevos diccionarios de la lengua española registran ya estos americanismos. ¿Necesitamos consultarlos para entendernos? No llega a tanto la cosa pero no estaría demás revisarlo de vez en cuando. Algunas personas lo encontrarán muy "chévere" (algo muy bueno, en Puerto Rico), y muy útil, desde todo punto de vista.

* María Teresa Rivera de Stahlie es Consejera Cultural de la Embajada de Bolivia en España y presidenta de la Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana en Madrid.

María Teresa Rivera de Stahlie

Pleonasmos o redundancias. Por José Martínez de Sousa (Barcelona, España. Noviembre del 2009)

Cuando hablamos de pleonasmos o redundancias nos referimos a palabras, expresiones o enunciados cuyo significado ya está expresado de otra manera. En relación con este tema, hay en los usuarios de la lengua bastante desconcierto. En efecto, algunas personas evitan cuidadosamente decir subí arriba, bajé abajo, salir fuera, entrar dentro, verlo con los propios ojos, frases que, en efecto, llevan una carga de redundancia, pero esta viene atenuada por la necesidad de dotar a la expresión de viveza, espontaneidad, dinamismo, etcétera. No es posible, en una situación normal de lengua, ordenar con energía: ¡Sube y trae el baúl! Lo normal es decir: ¡Sube arriba y trae el baúl! Y que conste que si se dice ¡Sube al desván y trae el baúl!, hay el mismo grado de redundancia que en la frase ¡Sube arriba...!, puesto que el desván está arriba. Sin embargo, la utilización de pleonasmos no justificados en la lengua es constante, de donde se deduce que el español conoce poco y mal su lengua, pues en infinidad de casos (no en todos, ciertamente) el pleonasmo es gratuito y solo se emplea por ignorancia de los valores de las palabras. La acumulación de negaciones ( No lo haré tampoco yo, Yo tampoco no lo haré nunca jamás, Tampoco no me lo había comunicado a mí), la suma de partículas ( Lo reini­ciaron de nuevo, Lo repitieron otra vez), la suma de ideas ( Volver a contar de nuevo), etcétera, son, mutatis mutan­dis, expresiones que se oyen y leen todos los días en toda clase de textos y contextos. Otros tipos de redundancias son más sibilinos y cuesta más descubrirlos; por ejemplo, en macedonia de frutas hay pleonasmo porque la macedonia se hace siempre con frutas; un crespón en señal de luto es siempre negro, por lo que es redundante utilizar la expresión crespón negro; lo mismo puede decirse de arsenal de armas, porque un arsenal es un lugar donde se depositan o almacenan armas. En muchos casos, el pleonasmo consiste en la repetición de una palabra o una idea que figuran en su definición, como los ejemplos que se acaban de exponer o estos otros: en divisa extranjera, divisa se define como ‘moneda extranjera’; en doblar a muerto, doblar significa ‘tocar a muerto’; en erario público, erario significa ‘tesoro público’; etcétera. Lo  mismo podríamos decir de expresiones como las siguientes, en las que el lector encontrará fácilmente la causa del pleonasmo: aterido de frío, colofón final, ejemplo paradigmático, hecho real, hueco vacío, invento nuevo, peluca postiza, primer prototipo, quimera imaginaria, supuesto hipotético, túnel subterráneo, un diario vespertino de la tarde, estar en vigor actualmente, ya mencionado con anterioridad, etcétera.

José Martínez de Sousa